jueves, 20 de mayo de 2010

El hombre en busca de sentido (Victor Frankl)


Victor Frankl (1905 – 1997) es el creador de la logoterapia, tercera escuela austriaca de psicología, basada en la voluntad de sentido: Gran parte de los trastornos psicológicos que presenta el hombre actual proceden de su incapacidad para encontrarle algún sentido a la vida. La formulación de las preguntas adecuadas y la reflexión de sus respuestas pueden conducir a la desaparición de muchas psicopatías. Es una alternativa que complementa y, en ocasiones sustituye, al psicoanálisis. Muchos de los casos que describe difícilmente podrían haberse solucionado con la terapia Freudiana.

     Este libro no estaba entre las lecturas previstas para este mes, figuraba en el rincón de libros pendientes, sin fecha de lectura. Lo saqué del estante durante uno de esos vistazos que se echan a la biblioteca; sabes lo que hay pero miras como si fueras a encontrar algo diferente, algo similar a cuando abres el frigorífico por enésima vez.
     Con sólo ojear sus páginas me atrajo hasta engullirme.
     No se trata de un tratado de psicología; si bien el autor reserva las páginas finales para realizar una semblanza de la logoterapia, el libro narra una historia: su experiencia como prisionero en varios campos de concentración en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial.
     Su historia, aparte de la indignación ante la barbarie, despierta admiración. Sobrecoge su capacidad para afrontar la adversidad en unas condiciones infrahumanas donde lo natural sería dejarse vencer por la desesperación. Victor Frankl describe su lucha por encontrar sentido a tanto sufrimiento y no abandonarse a la desgana, a la muerte segura. Cuenta el autor que aquellos que eran hombres de espíritu, personas cultivadas, soportaban mejor la situación que los menos instruidos “al ser capaces de abstraerse del terrible entorno y sumergirse en un mundo de riqueza interior y de libertad de espíritu.” Esa fortaleza de su espíritu es la que alimenta sus días y ganas de vivir. Victor Frankl defiende que nadie puede arrebatarnos nuestra libertad interior. Que ella determina nuestra capacidad de elegir una actitud personal ante el destino confiriendo a la existencia una intención y un sentido, hasta el punto de aceptar y soportar el sufrimiento como parte consustancial a la vida. Este rasgo ascético de asimilar el sufrimiento al sentido de la existencia queda bien reflejado en una frase que pide ser subrayada en cuanto se lee: “Una vida, cuyo último y único sentido consistiera en salvarse o no, es decir, cuyo sentido dependiera del azar del sinnúmero de arbitrariedades que tejen la vida en un campo de concentración, no merecería la pena ser vivida
     Es paradójico que de la perversa brutalidad del hombre sobre el hombre surja la certeza de que el sufrimiento soportado tenga algún sentido. El autor describe también cómo se enriquece su mundo interior al sublimar los sentimientos, metas y deseos que afianzan y estimulan su deseo de seguir vivo: la necesidad de transcender comunicando su saber, la de perpetuarse en un hijo, y, sobre todas las cosas, el amor profesado a su mujer, interlocutora imaginaria recluida en el mismo campo y a la que nunca volvió a ver.
     En contra de lo previsible, Victor Frankl no describe con detalle las atrocidades cometidas en los campos de concentración; enfoca su experiencia desde la perspectiva que sugiere el subtítulo del libro : “un psiquiatra en un campo de concentración”. No por ello lo que cuenta es menos terrible; con apenad una pincelada queda patente el horror que padecieron los millones de hombres que vivieron aquel infierno: “un compañero amigo se agitaba en sueños bajo el efecto de alguna horrible pesadilla (…) Decidí despertar al pobre hombre, pero en el último instante me detuve, retiré rápidamente mi mano austado por lo que iba a hacer. Comprendí con rapidez, de forma descarnada, que ningún sueño, por muy horrible que fuese, podría ser peor que nuestra actual realidad, una realidad a la que estuve a punto de cometer la crueldad de devolverlo.”

2 comentarios:

Arrecogiendobellotas dijo...

Que interesante resulta observar cómo algunas personas son capaces de sobreponerse a las situaciones más insostenibles con el sólo uso del cerebro.
Tu reseña me hace recordar un artículo del dominical de El País, de hace unos meses, sobre una neurocirujana nórdica o estadounidense, que escribió un libro detallando el proceso del hictus que ella misma se diagnosticó mientras lo sufría, en su casa, recién levantada para ir a trabajar. La frialdad con que hizo frente a tal desgracia la hizo exclamar en pleno ataque: "¡cómo mola, es una embolia cerebral!"
No me resulta difícil imaginar al propio Frankl aseverando lo acertado de sus tesis mientras intentaba sobrevivir a cada minuto.

David Pérez Vega dijo...

Hola:
Este libro lo leí hace años, y me resultó interesante.
Tuve una temporada que leía mucho de libros testimoniales sobre los campos de concentración nazis, y en este contexto debería decir que había otros autores que me impresionaron más que Frank.
Entre ellos destacaría el testimonio de Primo Levi, aunque me impactó también la visión cínica de Paul Steinberg, y muy duro y poético era Tadeusz Borowski, Irme Kertesz, o incluso el del español Jorge Semprún...

saludos

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