lunes, 17 de agosto de 2009

2666 (Roberto Bolaño)

De Bolaño hay que saber antes de leer este libro. Al menos eso es lo que pensé cuando me dispuse a enterrarme entre las páginas de este inmenso libro, y no sólo en extensión. En la web hay mil reseñas que hablan de Bolaño y que dan una idea de, al menos, la imagen que transmitía. Chileno, murió en 2003 a los 50 años. Empezó con la poseía y terminó siendo novelista. Tal como dice en algúna página de 2666, no hay poesía que no pueda expresarse en una buena novela. Pasó su adolescencia en Méjico y esto se nota en la novela. Conoce el país del que habla. 2666 es su última novela. No consiguió terminarla lo que la deja abierta para desgracia de aquellos que gustan de los cabos atados. Aún así era obligada su publicación póstuma y como lector lo agradezco aún lamentando el que una obra tan ambiciosa no haya sido acabada. No deja de ser curioso que quede tan abierta como sus historias.

Intentando no fastidiar a quien quiera leer la novela hago una reseña que, después de leer más de 1000 páginas, no puede ser breve. La obra se divide en cinco partes, que, dicho sea de paso, el autor especificó que se publicaran por separado. No se hizo así, tan sólo en Estados Unidos ha aparecido un estuche con un volumen doble para facilitar el manejo.

La primera parte, “la parte de los críticos” es más bien cercana, asequible a cualquier hombre de ciudad. No desborda en exceso nuestro marco de referencia ya que se sitúa en entornos conocidos por lectores que, como yo, somos urbanitas y algo avezados en las conexiones que hoy son posibles en Europa. Si bien, el mundo de los catedráticos puede parecernos exclusivo, y ellos así mismo lo reclaman, es entendible desde el conocimiento de la sociedad occidental, y concretamente europea, que permite la creación de semejantes portentos universitarios. La cultura, el conocimiento centrado prácticamente en usos literarios es quizá la única habilidad que se describe de estos individuos. Como conocedores de la vida son algo más deficientes e incluso pueden llegar a ser patéticos en la manera que manejan sus emociones; intentando someterlas a criterios casi académicos cuando realmente reclaman por sí mismas un mayor protagonismo en su comunicación, en sus actos, en sus reflexiones y, sobre todo, en sus vidas. Si acaso se acercan al mundo real es empujados por la implacable atracción sexual que impele al hombre a moverse en coordenadas que nunca llega a conocer y mucho menos controlar. A partir de aquí son como marionetas que se mueven con torpeza al antojo de la verdadera y oculta realidad humana: las emociones y sus reflejos en el comportamiento. Los personajes parecen bien caracterizados. Dispersos en la Europa antigua, la de siempre, España, Francia, Inglaterra e Italia. De cada personaje Bolaño atisba un apunte de cada nación. Los utiliza a su antojo para definir entornos en la Europa que parece querer ser siempre la misma y que tiene sus diferencias. De Pelletier, se ríe con su forma vaga de dejarse llevar por una vida que le supera y que pretende achicar para domeñarla. De Espinoza hace la caricatura del temperamental ibérico, con fineza, que se deja llevar algo más allá en la expresión de sus emociones y en la falta de habilidad para controlarlas. Y en Morini está el dolor; presente en cada esquina del texto. El dolor de la soledad, del la falta de salud, de la melancolía, de la distancia, de la nausea…… Como catalizador de todas estas diferentes emociones aparece la figura de Liz Norton, que lejos de la ortodoxia, disciplina y férrea voluntad de los personajes masculinos se presenta como la inteligencia simple y plena. Sin ataduras, sin convencionalismos y con la falsa libertad que da la ausencia y desprecio del conocimiento propio, siendo esta ignorancia la que más dolor le propina cuando se convierte en rehén de sus emociones. Por fortuna su independencia le permite echar mano de la huida, la ruptura, la soledad y el silencio. Lejos de la mesura mental de cada uno de los catedráticos, Liz es un juguete explosivo que desequilibra a cada uno de los críticos. Este reflejo de inestabilidad es el perfecto escenario donde desfilan las características de cada uno, cómo afrontan el dolor y la frustración, la emoción y la alegría y, lo más curiosos, cómo son capaces de mover el centro de sus vidas a unas coordenadas antes desconocidas. Llegan incluso a relegar su misión Archinboldiana (les une el ser estudiosos apasionados de la obra de Benno Von Archimboldi, escritor misterioso al que intentan localizar) en aras de centrarse en sus sentimientos y deseos amorosos.
En los múltiples vericuetos que surgen de la vía principal del relato Bolaño trata muchos temas, íntimamente ligados entre sí. Destacar la supuesta sublimación del artista automutilado, que acaba desvirtuada por lo mundano de sus motivos y que invita a pensar que la elección del amante final, obviando lo inmediato, que realiza Liz es la sublimación del sentimiento.
Terminan en Santa Teresa, en Méjico, en busca de Archimboldi. Allí aparece la farragosa figura de Amalfitano, que da lugar a la siguiente parte.

La parte de Amalfitano
En el final de la parte anterior, con tres de los críticos envueltos en el mundo casi irreal y agobiante de santa Teresa, comienza un cambio en las descripciones y perfiles que abarca a los personajes, el entorno, y el concepto mismo de la vida. La vorágine del ajetreo intelectual desaparece para medirse el tiempo en otra dimensión. Las luces y sombras son ahora descritas con la parsimonia y dedicación de un dibujante que ralentiza sus movimientos adrede. La atmósfera que envuelve la historia va tornándose más inquieta y difícil de asimilar por el urbanita que controlaba las percepciones en la parte anterior. Aquí uno está más perdido y a expensas de que el autor nos guíe, no hay imágenes preconcebidas, estamos en manos de las descripciones de cada esquina, de cada fachada, de cada personaje, de cada conversación o mirada. El calor traspasa las páginas del libro, la comida pica al pensarla, la desconfianza y la inseguridad inquietan en cada paseo por la ciudad sin que siquiera la mencione el autor. Es un mundo que invita a que todo puede ocurrir y que nada es lo que aparenta. El vacío parece dominarlo todo y una apariencia de realidad se cierne como un decorado en forma de ciudad, hotel, universidad, cantina, coche, puesto, ……los figurantes no son visibles más que en la sombra y no se sabe de dónde vienen y a donde van. La lentitud de las horas se suma a la monotonía de los días, dónde la reflexión parece ser el único espacio que deja el desierto a la actividad humana. La suciedad es un paisaje que termina devorando las alternativas de la imaginación y lo terroso empalaga y seca la boca. Desorden, destartalamiento, deslavazadas conversaciones, calles y personajes forman la parte de Amalfitano y la final de la de los críticos.
En este ambiente etéreo, etílico y sofocante, las vacilaciones mentales de Amalfitano son casi un derivado lógico de los acontecimientos. A creerlo así contribuye la historia personal de Amalfitano, de su alocada mujer que se abandona a sus fantasías luego de hacer lo propio con su hogar. Panero aparece como personaje asilado en un sanatorio y a partir de ahí, con la misma textura de sus poemas, se dibujan escenas y acontecimientos que tienen al dolor como fondo.
El dolor, tema omnipresente el cada uno de los personajes. Ninguno se libra de sus pisotones.
Me gusta el modo en que Bolaño nos va presentando el proceso de aparición de la esquizofrenia en Amalfitano. Desde el simple ensimismamiento propio de un hombre que no termina de saber porqué está dónde está hasta el delirio de las alucinaciones auditivas, pasando por una incipiente misantropía y manía persecutoria. Pareciera que es el fin de todo habitante de ese paisaje que osa preguntarse el sentido de sus vidas, siendo irónicamente un lugar que invita a hacerse la pregunta desde una respuesta árida, sucia y terrosa.

La parte de Fate.
Si ya están definidos los ingredientes de un entorno hostil a la inteligencia, al orden mental y a la propia respiración del individuo ahora Bolaño suma y sigue. Fate es negro, periodista de una mediocre publicación para negros que parece girar sobre si misma. Su madre acaba de morir y su nula o fría reacción pareciera agazapada para tratar de sorprenderle en cuanto dedique algo de tiempo a pensarla. Todo parece ajeno al personaje. Sensación que se acentúa con el surrealista encuentro de trabajo que tiene con un antiguo personaje de la comunidad negra. Desde aquí, dislocados los soportes de una realidad normal, Fate es enviado para realizar una crónica a un lugar que le es ajeno y sobre un tema que no conoce. La desubicación psicológica y geográfica del personaje no hace más que arrojar tinte oscuro al ya ennegrecido paisaje de Santa Teresa. Como arrastrado por una lenta corriente de magma, Fate se abrasa en un desértico rincón que parece olvidado de la cordura y donde la vida se abre paso como yerba entre zarzales secos.

La parte de los crímenes.
Como una interminable letanía, la descripción de las muertes y las víctimas van hilvanando el relato de una barbarie. La sangre de cuerpos torturados se oscurece conforme se extiende por los caminos de tierra caliente y seca y todas las palabras pisan charcos de sangre y van hollando el relato con rodadas de vidas tristes repletas de miseria, de una miseria que no es tal para quien la vive sino la vida misma. Las historias van serpenteando por laberintos dentro de otros laberintos, muriendo unas en calles sin salida y perdiéndosele la pista a otras. No hay personaje que no se sienta atrapado, todos abominan de cuanto les rodea y se esconden de esa sensación vistiendo sus vidas con camisas sudadas y trajes con lamparones. Desampara y repele la sociedad que se exhibe, impúdicamente machista y lacerada por una corrupción que compacta la desidia de las autoridades, permeables sólo al arribismo, el cohecho y la inoperancia más absoluta. De fondo, un espejismo de progreso que se hunde en la realidad fangosa del mercantilismo salvaje, turnos de trabajo interminables, sueldos míseros e hileras de chamizos con techos de hojalata.
No hay lugar para la esperanza. Es la descripción de una agonía que se repite de forma indefinida y que se alimenta de su propio dolor para perpetuarse. Un inmenso vertedero humano donde se pudre lo peor del hombre ante la náusea del lector. Bolaño no necesita siquiera escribir o describir ni una sola escena de llanto, gritos y desesperación de los familiares de las víctimas para transmitir el dolor y el miedo que anega la ciudad. Esos sentimientos surgen como gritos ahogados en la mente de sus lectores.

La parte de Archimboldi.
Es esta la parte que más me gusta. La historia se hace más lineal y el estilo más fresco. Además de por escapar de Santa Teresa se siente alivio por no tener que torcer el pensamiento para intentar comprender lo incomprensible. Aparecen el már, los árboles, el bosque, los riscos. Aquí la historia se hace más ancha, se abren las ventanas y corre el aire. Hans Reiter es un personaje entero, de cabo a rabo. Su historia se entiende y se hace propia. No hay lugar para rebuscadas interpretaciones. Si bien Hans es un personaje complicado se hace simple al contraste con el resto que pululan por la novela. Por supuesto, Bolaño no deja de zigzaguear pero en esta ocasión las curvas se suaviza y las historias tienen una conexión directa, para enriquecer al personaje y no sólo el ambiente, que también.
Es en esta parte, donde he encontrado a un Bolaño más desmelenado. Hay pasajes que son verdaderas maravillas en los que las opiniones sobre los escritores y la visión de la literatura son de un desparpajo y frescura fascinantes. Pasajes donde la simpleza y claridad de sus palabras contrastan con la dificultad de expresar la idea que plasma a la perfección. Es aquí donde Bolaño me ha cautivado, dónde me he liberado de la desconfianza que me incitaba tanta prosa onírica y surrealista. Bolaño escribió sin miedo, sin miedo a ser malo.

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