lunes, 15 de marzo de 2010

Retrato de un hombre inmaduro (Luis Landero)

     Un hombre ya cercano a la muerte cuenta a alguien, desde la cama de un hospital y a lo largo de toda una noche, la historia de su vida. Es la historia de una vida común que sólo abandona la normalidad al hilo de las divagaciones del protagonista, narrador de su propia historia. Una vida compuesta de retales desparejados, de trozos de vida medio vividos, de tristezas, de ilusiones, de amistad, de amor, de tertulias y sobre todo de fragmentos de otras vidas, origen de muchas de sus reflexiones de gustoso espectador: “a mí lo que me parece interesante es el mundo, el asistir gratis al espectáculo de los demás.”
     En más de una ocasión he escuchado en labios de Landero una cita de Ortega y Gasset: “la originalidad no está más allá, sino más acá”. Siguiendo este criterio, el autor propone como personajes a gente corriente, de barrio. Personajes cercanos, sometidos al devenir cotidiano de una vida encorsetada en una realidad que no suele coincidir con sus deseos. Y es este conflicto entre lo que soñamos y lo que somos, siempre presente en la obra de Landero, la fuente inagotable de situaciones, actitudes e interpretaciones que dan paso al humor, a la reflexión, a la tristeza y, en ocasiones, al absurdo: a la vida misma contada desde la afilada percepción de un gran observador.

     Creo que este libro podría haberse titulado, con igual acierto, “Retrato de un hombre corriente” ya que la madurez, como aceptación sin paliativos de la realidad, no existe. Todos nosotros, en mayor o menor medida, conservamos ese don infantil que nos invita a fantasear, a soñar y a enfrentarnos, con la única arma de nuestra imaginación, a una realidad que no nos gusta. Es incluso esta ensoñación la que nos permite, con la valentía del atrevimiento, intentar cambiar lo que tenemos por lo que queremos. Y es quizá la única válvula de escape que nos permite no sucumbir a la tristeza de la resignación. A este respecto, Landero presenta la madurez como imposición; el precio es la renuncia de los sueños, de esos sueños que, una vez alimentados con la vehemencia de la juventud, se tornan recurrentes como pesadillas. Así, con la historia de Florentino, uno de los muchos personajes peculiares que jalonan la vida del protagonista, Landero ilustra magistralmente esta rendición ante la realidad: “Como un director de escena, el destino le fue dando instrucciones, que él cumplió, si no con vocación, sí con decoro. (…) Y no sé, me pareció que había aprendido a no poner la realidad al alcance de la nostalgia.”

     Antes que Retrato de un hombre inmaduro leí hará cosa de un año otro libro de Landero: Hoy, Júpiter. Tengo un buen recuerdo de esta lectura y encuentro en ambos libros el mismo tono coloquial y el narrar fluido de un leguaje cuidado pero sencillo, sin artificios, que pareciera querer pasar desapercibido y que es mérito del autor. En un magnífico párrafo, Landero reivindica con ingenio esta sencillez en la escritura que, a buen seguro, no es fruto de la casualidad y que cualquier lector agradece como un privilegio:
Luego están los que pescan siempre en aguas profundas. Y esto, como todo, ocurre también con los autores de libros. Pescan nada, un pececillo de nada, pero eso sí, siempre en aguas abisales, porque no importa tanto la pesca como el arte de la inmersión. Y es que hay algunos que hablan o escriben tan veladamente y tan para sí mismos que parece que el mensaje va a cobro revertido: es decir, que los gastos corren por cuenta del lector o el oyente. Son gente que, antes de decir algo, ya lo están matizando. Y son gente que ama la verdad, créame, y la busca a su modo. A lo mejor es que la verdad rehúye por norma el hospedaje gratis que le ofrecen las palabras. (…) ¿Y qué decir de los eruditos de diccionario? Es decir, el que rebusca, el que expolia, el que roba la flor para lucirla en el ojal. El chulo de putas del diccionario. El que no hay frase en que no deje algunas palabras de propina.”

1 comentarios:

Arrecogiendobellotas dijo...

Hace muchos años, recién publicada la novela, leí "Juegos de la edad tardía". Sinceramente no sé cual sería hoy mi opinión de ella, pero mi recuerdo es plúmbeo y cercano a la sensación de aburrimiento.
No he vuelto a leer nada de este autor y me despierta interés.

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